Domingo, 5 de febrero de 2006 | Los Andes | Espectáculos
Más que de culto, somos un grupo oculto
Es el secreto mejor guardado del rock nacional. Escritor y corresponsal de The Guardian y Time, Goñi relanzó la banda con la que en los 80 impuso el hit Radio Venus.
Por Leonardo Rearte
¿Esto ya está comiéndose las palabras?, es la manera de Uki Goñi (52) de preguntar si el grabador está encendido. Para ser honesto, la entrevista había comenzado unos minutos antes, cuando el secreto mejor guardado del rock nacional apareció, cortés, por la redacción de Los Andes con la promesa (o primicia) de que en los próximos días los reaparecidos Helicópteros tocarán en Mendoza. Todavía no hay fechas, pero será pronto, adelanta camino a cualquier mesa de cualquier bar.
Uki, autor del renombrado La auténtica Odessa (una investigación sobre los filamentos que unieron al nazismo con la Argentina de Perón), está dispuesto a hablar sobre sus dos vertientes: la del músico que se propuso descorsetar el rock nacional de los 80 y la del periodista que se inmiscuyó en la maquinaria del terror para intentar develarla. Dos rostros que, en realidad, es uno solo; el del observador puesto a contar (o cantar) lo que otros no ven.
Antes que nada, es justo contar quién es este personaje. Aquí es donde los caminos se bifurcan: el lector podrá elegir, entre A o B, su respuesta favorita.
A) El cultor del rock & pep
Buenos Aires, fines de los 70. Las influencias de la música progresiva habían intelectualizado gran parte de la producción artística. Desde Spinetta a Charly García, el sonido argentino había encontrado su costado más mental, al borde de la solemnidad. Entonces aparecieron Virus, Melero, Los Abuelos, Viudas e Hijas y... Los Helicópteros para intentar desarmarlo todo.
Él hizo pie en Argentina en 1975. Hijo del diplomático argentino Santos Goñi, Uki pasó su infancia y adolescencia entre Estados Unidos, México e Irlanda. Yo conocía el primer disco de Los Gatos, que alguien me llevó a Dublin, y muy pocas cosas más del rock argentino que me parecían abominables. Recuerdo que al poco tiempo de llegar a Buenos Aires vi en Sábados Circulares a Vox Dei cantando se mueve como una nube y pensé: ¡Adónde he llegado! Realmente sonaba mal, dice, aflojando apenas el rictus. Ríe, al parecer.
A comienzo de los 80 Goñi, que ya era periodista del Buenos Aires Herald, se cansó de su propia rutina y se volcó a su verdadera vocación. Con Marcelo OReilly, Chapete César y Ramiro Bustos Fierro izaron un rock tan liviano como el aire y contagioso como el peor de los virus. La banda, casi sin despeinarse, impuso en las radios el corte Radio Venus y esos inclasificables versos: Aquí Radio Venus llamando / ¿Es que nadie está escuchando?. Habían nacido Los Helicópteros, y con ellos lo que denominaron música pep. Algo de pimienta para el pop de entonces.
-¿Cuál era el objetivo de ustedes?
-Los Helicópteros fue una reacción al rock argentino, que me parecía interesante pero muy rebuscado. Buscamos algo más directo. Esa generación de los ochenta fue una segunda era. Los que estábamos ahí lo sentíamos así. Nos encerrábamos en los estudios TNT -allí grabaron Tanguito, Spinetta y Manal- que se habían convertido en salas de ensayo; y en una habitación te encontrabas a los Virus, en otra a las Viudas e Hijas, o a Miguel Cantilo con Punch. Recuerdo las charlas en los pasillos con Federico Moura sobre la clase de música que estábamos haciendo, la manera en la que tratábamos de diferenciarnos. Ellos con el wadu wadu y nosotros con la música pep. Creo que sacudimos al rock.
-Hace poco Miranda! fue silbado en Cosquín por los seguidores de las bandas supuestamente más rocker. ¿Es un volver a vivir?
-En el rock barrial hay súper bandas, pero hablan un lenguaje que sólo entienden los argentinos. Miranda! es el primer grupo que consigue un éxito en el exterior en mucho tiempo. La cultura argentina y el rock en particular maneja ciertas leyes muy singulares: algo así como que si vos sos comprendido fuera de tu tierra estás traicionando a los tuyos. A nosotros nos pasó, nos tildaron de traicionar al rock nacional.
-¿Aquí es donde se nota el costado más fascista del rock?
-La argentina es un país donde la gente sufre una gran violencia, en todo sentido. El cuerpo social al recibir esta violencia tiende a aglutinarse y conformar esta especie de ghetto de los sufrientes. El rock barrial tiene un poco de eso, y hasta te diría que está justificado. Los dolidos reaccionan con dolor y con agresión.
-Volvamos a los Helicópteros, ¿sufrieron el karma de la banda de un solo hit?
-Más que una banda de un solo hit éramos una banda de la que sólo se esperaban hits. Eso fue una presión muy grande que sufrimos. Después de Música pep (que incluía Radio Venus) sacamos tres discos más. Pero los productores reclamaban siempre lo mismo: hits.
En los 90, Goñi retornó al periodismo, relegando la música hasta bien entrado el 2000. El baterista del grupo empezó a llamar, que quería rearmar la banda. A mí no me había quedado un sabor agradable. Igual, dije que sí, con una condición: no quería tocar temas viejos. No quería un Frankestein. Rápidamente, a la hora de grabar el disco teníamos como 100 temas nuevos.
Girasoles lleva tres o cuatro días en las bateas. Incluye canciones tan variadas como los invitados que cantan en ellas: Adrián Dárgelos, Peteco Carabajal, Flavio Cianciarulo, Vitico, entre otros. Porque lo que llevamos para grabar era muy ecléctico también: chacareras medias irlandeses, baladas pep que sobraron del 81, rock a lo Rolling Stones. Un día vino Dárgelos y nos dijo: Ustedes son un grupo de culto. Y yo le dije: No, somos un grupo oculto (ríe, ahora no hay dudas). Claro, si hace 20 años que no tocábamos. Pero nos gustó la idea de crear una banda sin expectativas gigantes. Nos conformamos, a los 50 y pico, con grabar buenos discos.
B) El periodista que se muere por tocar
-¿Es cierto que tu primera entrevista fue a Jorge Luis Borges?
-Cuando llegué a la Argentina en el 75 me acerqué al (diario en inglés) Buenos Aires Herald. Pero no tenía la fantasía de ser periodista, había ido a llevar mis poemas en inglés. Como había estado estudiando literatura en Irlanda, me sugirieron que le hiciera una nota a Borges sobre letras inglesas. ¡Y yo era un fanático total de él! En esa época tenía 22 años y el lope por acá (se señala los hombros). Él estaba fascinado: me hacía leer poemas, y hablábamos mucho de literatura. Al poco tiempo, estaba cenando con él, Silvina Ocampo y Bioy Casares. Encontrarse con esos mundos es lo fantástico de ser periodista.
-¿Y qué viste en esos mundos?
-Cuando conocés a esta gente te das cuenta por qué pueden cambiar a las sociedades con un par de frases o versos. Es una cuestión de personalidad. Cuando conocí a Bioy o a Javier Martínez dije: Este tipo debe haber sido el más popular de la clase.
Antes de reconocer que su vocación era la música, a fines de los 70, el joven Goñi siguió siendo extranjero en su propio país: trabajó en la redacción del Herald, uno de los pocos reductos de libertad periodística en los años de hierro. Nos sentíamos en el cono de silencio de Maxwell Smart. Porque allí dentro podíamos hablar de ciertas cosas que en ningún otro lado se podía. Fuimos el primer diario que escribió sobre la existencia de las Madres de Plaza de Mayo. Supe entonces que el periodismo no era mi vocación pero sí mi misión.
Inquieto, dejó a un lado la máquina de escribir durante toda la etapa de Los Helicópteros, hasta que estos dejaron de volar. En los noventa retomó el periodismo, pero lejos de las redacciones. Escribió los rigurosos libros El infiltrado, la verdadera historia de Alfredo Astiz (1996), Perón y los alemanes (1998) y La auténtica Odessa (2002). Medios como Time o The independent elogiaron el arrojo de las pesquisas.
-¿Cuál fue el germen de tu trabajo sobre la fuga nazi a nuestro país?
-En El Infiltrado escribí sobre mi experiencia en el Herald, y la historia de las Madres. Después, me puse a pensar que no era casualidad que en el país que diera acogimiento a Adolf Eichmann o Josef Mengele hubiera tanta violencia. Empecé a preguntarme si esa convivencia con los asesinos seriales en masa no crearon una fisura en nuestra coraza moral. Es decir, trabajé sobre la relación del nazismo con la Argentina para intentar entender este país.
-¿Alguna respuesta para esa gran pregunta?
-Creo que los argentinos tenemos híper desarrollado la función de la negación, así como la genuflexión ante los corruptos. No sólo tenemos corrupción, que la hay en todo el mundo, sino que no nos molesta. Estamos engañados con la idea de que es necesaria para aceitar ciertos engranajes.
-¿Te sentís un extranjero en tu propio país? ¿Un observador siempre en lugares de privilegio?
-Eso es psicoanalítico, pero sí. Aunque ser un observador en lugares de privilegio no es demasiado agradable: siempre estás al margen. Siento cierto ostracismo y cierta exclusión. Siento que nunca soy aceptado del todo. Cuando voy a Irlanda nadie me cuestiona quién soy, qué hago y por qué. Aquí constantemente me preguntan por qué estoy siempre con estos temas, que si no me gusta por qué no me voy. Con la música me sentí igual. Y creo que Girasoles fue interesante para mí, porque con la participación de gente como Dárgelos, Peteco y Vitico, fue una manera de que me dijeran finalmente te aceptamos.
Uki, a lo Clark Kent
Hasta no hace mucho, Goñi mantuvo sus dos mundos (música y el periodismo de trinchera) separados. En el rock nadie sabía que yo venía del Herald y de estar con las Madres. Recuerdo un festival en el 84, en el Ital Park. Allí Charly tocó Los Dinosaurios, que yo no conocía; pensé: yo estuve metido dentro de la máquina de mal tratando de rescatar vidas y terminé escribiendo Radio Venus, y Charly, que se dedicó a hacer rock, compuso esta maravilla que retrata la época mucho mejor que yo.
-La crítica de la época trataba al pop de descomprometido. Vos estabas en esa bolsa.
-Es que ese pop fue una manera de reclamar el derecho de una vida inocente, de una vida que no ocurra arriba de un cementerio. Fue decir: No voy a permitir que esta violencia que vivimos me deshumanice.
Foto: Claudio Gutiérrez
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